EL VIDENTE, LA NOCHE Y EL RÍO
Una aproximación a la poesía de Luis García Morales.
Por: María Teresa Casalta de García Morales
Julio de 2004
Si en ese tiempo no hubiésemos tenido una cosa sagrada para reverenciar, un río, una montaña, un árbol, no hubiésemos sido poetas. Por la reverencia en la infancia se acreció nuestra sensibilidad.
Hanni Ossott
Hanni Ossott
Desde tiempos remotos se ha considerado al poeta como una suerte de vidente, de mago, de sacerdote con poderes divinos que le permiten llegar hasta donde el común de los humanos no somos capaces; y descubrir signos, señales, rastros que no todos podemos percibir; y menos interpretar y transmitir por medio del lenguaje. Es por esto que se ha visto al poeta como un ser elegido y tocado por los dioses, que carga sobre sí la enorme responsabilidad de servir de intermediario entre los otros hombres y lo sagrado; de mostrar a sus “semejantes”, a través de la palabra, una claridad escondida en medio de la oscuridad en que ha vivido el mundo, porque, lamentablemente, los hombres se han refugiado en una aparente protección que los ha convertido en ciegos de espíritu y les ha atrofiado la sensibilidad, pues no han tenido nada qué reverenciar, ni ante qué entrar en estado de contemplación. Ya desde pequeños se les llena de ruidos, de “habladurías” de movimientos inconscientes y mecánicos que le impiden el ensimismamiento y la reflexión, por lo tanto, el encontrar y pensar su propio ser.
En esta búsqueda de signos, como bien lo dice Heidegger (1984), el poeta es el más arriesgado de los hombres, ya que debe llegar al fondo del abismo, a lo oscuro con el fin de descubrir allí el rastro de los dioses huidos e intentar devolver la luz al mundo que se encuentra en penumbras, por lo tanto, en penuria; y, a través de la palabra instaurar otra realidad que se halla oculta, y que es la verdadera realidad porque en ella se encuentra la esencia del ser. O bien, debe hacer noche en sí mismo, como lo expone Hanni Ossott (1987), para escuchar las voces del ser, la resonancia de las cosas; y, en una especie de iluminación, desocultar lo oculto. En este proceso, la creación poética deviene un ritual donde el poeta es al mismo tiempo el demiurgo que construye un mundo con el lenguaje, don divino; y una víctima que se entrega y se desgarra, arriesgándolo todo, incluso la vida (Heidegger, 1984), ya que puede llegar a la demencia y al suicidio.
El poeta se hace vidente por un largo, inmenso y razonado desajuste de todos los sentidos: Todas las formas de amor, de sufrimiento, de demencia; busca él, agota en él todos los venenos, para sólo guardar sus quintaesencias. Inefable tortura en la que necesita toda la fe, toda la fuerza sobrehumana, en la que deviene entre todos el gran enfermo, el gran criminal, el gran maldito -¡y el supremo Sabio!- ¡Porque llega a lo desconocido! ¡Dado que cultivó su alma, ya rica, más que nadie! Llega a lo desconocido y cuando, enloquecido, terminaría por perder la inteligencia de sus visiones, ¡las vio!. Que reviente en su salto a través de las cosas inauditas e innombrables: vendrán otros horribles trabajadores; ¡comenzarán por los horizontes donde el otro se ha hundido! (Rimbaud, 1976: 125)
En la poesía venezolana contemporánea tenemos poetas cuya obra va más allá de la búsqueda de la pura forma estética y se vuelca en la expresión de temas ontológicos. Entre ellos encontramos a Luis García Morales, cuya principal fuente de inspiración ha sido el majestuoso Orinoco, río a orillas del cual transcurrió su infancia y parte de su vida, y que en su obra se trasmuta en metáfora de la vida, del tiempo, de lo efímero y de lo permanente, del vértigo y de la inmovilidad, del pasado, del presente, del futuro, del ser. El río cual dios yacente en la inmensidad convierte sus ondas en signos y emite voces que requieren al poeta y le exigen penetrar en su misterio, en su noche, en lo desconocido: “En el agua aparecen los signos de una escritura ilegible” (García Morales, 1992: 54); “Oyendo estas historias del agua / oímos la encarnación de la flor perpetua / y el anuncio de la resurrección” (García Morales, 1992: 63). El mismo García Morales afirma que, en ocasiones, en su cuarto, en el silencio y la soledad de la noche sentía el palpitar del río y su respiración.
El poeta se sitúa a orillas del río, ante su grandeza que despierta en él un temor que no logra entender, reconocer ni descifrar. En esa contemplación de la inmensidad y la majestuosidad del río, el poeta se sale de sí mismo, deja de pertenecerse, se apodera de él el frenesí y se siente solo y extranjero en medio de un mundo al cual ha dejado de percibir como suyo y se voltea hacia los orígenes, lo primigenio. Las imágenes; las voces; las visiones, pretéritas, presentes, futuras se agolpan creando un torbellino en cuyo centro penetra el poeta con el fin de atraparlas, de intentar darles forma, de contenerlas en un lenguaje que resulta, cargado de melancolía y añoranza por algo perdido y que busca expresar todo lo que el ser le va descubriendo y dictando.
Estoy solo a orillas del río
Me visita el terror secreto de la soledad
Hay un fantasma fijo que me habita y me habla
Soy cada vez más extraño a la vida
Soy cada vez más piedra de la herencia
(...)
Estoy solo a orillas del río
Las aves tejen y entretejen el cielo
Las toninas soplan en los flancos de la marea
Y en la vieja luz de mis huesos
Tanta mirada perdida
Tanta música desconsolada
Brotando como flechas de la memoria
Estoy desprovisto de senderos
Llega un caballo conversando de hojas tiernas
Llega un friso troquelado en cuero de tambor
Llega un tigre que canta en lo alto de una mata
Me vuelvo lejos
Como si la historia nos estuviera soñando
Como si el día fuera sin término
(García Morales, 1992: 55)
Pero el poeta no se queda en la mera contemplación desde la orilla del río y hace noche en medio de esa contemplación, sino que habita y es habitado por el río. Penetra en su misterio, en su abismo, en su profundidad, en su nocturnidad; se ahoga en él y en esa especie de muerte escucha las voces del agua que lo transportan hacia una luminosidad que le revela una presencia, que es pasado y presente, y en la cual resucita trasmutado en el propio río.
Habito el agua
Habito su sombra sin días ni años
Sólo el ahogado
En la intimidad de su agonía
Puede escucharla
Sólo el solitario puede oír el murmullo
De la bora creciendo en su única flor
(...)
Me ilumina una canoa íngrima
Que viaja hacia el más allá de la noche
Abro el libro de las imágenes que nunca fueron
Estoy perdido
Un oboe triste me llama desde ayer
Me persigue una flecha sinuosa
Un conejo una tortuga
Me persigue el río que soy.
(García Morales, 1992: 64-65)
En el poema “Ojos la noche”, del poemario De un sol a otro (1997), el poeta deviene un sacerdote que asume un rol protagónico en un ritual, en el cual es al mismo tiempo ejecutante y víctima ofrecida en sacrificio a un dios innombrado y latente que le habla desde una claridad que el poeta persigue. En este ritual de ensimismamiento, introspección, frenesí, desocultamiento y creación, el poeta, tal un Titán, debe ordenar un caos donde flotan informes, evocaciones, vivencias, voces propias y extrañas; y buscar las palabras mágicas que liberarán las revelaciones del ser de su estado amorfo y las transmitirán a los otros hombres a través del poema.
El poeta es sacerdote porque realiza un acto sagrado o mágico con las palabras que deben dar forma a todo un cúmulo de elementos que se han iluminado en el universo del poeta, en su ser, en su noche particular, en lo abierto que ha logrado penetrar; y que, de una u otra manera, lo han tocado profundamente y buscan ser plasmados en la hoja en blanco.
Las páginas que inventa el árbol
En continua mudanza de voces y latidos
En palabras
Que son la corteza y la profundidad
De los días
(García Morales, 1997: 79)
Pero el poeta se desgarra en el intento creador y deviene la víctima de su propia ceremonia genesíaca para poder entregar en holocausto lo que encierra en su propio ser, y reabre esa herida permanente que lo ha marcado para siempre y que nunca terminará de cicatrizar, porque se reaviva en cada creación.
Abro esa herida mi larga herida
Donde se aglomera sin ser vista la sangre
(García Morales, 1997: 79)
En este poema en el cual, sin proponérselo, el poeta expresa su visión muy personal del génesis del poema, la creación lírica es simbolizada por un “animal transparente” que se encuentra en medio de la oscuridad de la noche pugnando desesperadamente por abrirse camino para dar el gran salto hacia “la otra orilla” (Paz, 1965:123), descubrir lo que se esconde en las sombras e iluminar la página en blanco, en una especie de muerte y resurrección, donde las palabras comienzan a fluir tomando consistencia y constituyendo un micro-cosmos ordenado, que viene siendo la expresión de la realidad que el poeta reconstruye, y penetra en un “bosque de símbolos” donde entra en correspondencia con la naturaleza y los demás hombres.
Ojos la noche
El animal transparente
Inmenso
Respirando como un pájaro azorado
En mi mano
(...)
Y vimos el salto del venado blanco
Hacia el bosque
Vulnerando la primera palabra
Y las hojas vertiginosas de mis años
(García Morales, 1997: 79)
Son muchos los elementos personales y universales que inspiran al poeta. Sus diversas y numerosas lecturas le brindan material para hacer florecer la rosa.
Entro en la claridad de la madera
Adelgazada en los libros
Buscando su material floral
(García Morales, 1997: 79)
Sus vivencias, evocaciones pretéritas, su incansable búsqueda del ser, de su esencia. Su angustia existencial por el paso del tiempo que corre indeteniblemente como un río hacia un destino desconocido. Pasado y futuro se funden en un presente en la materia corporal del poeta, quien los libera por medio de la palabra y los convierte en imagen, en metáfora, en verso.
Nos hallamos en un río de horas
¿Sin pasado? ¿Sin porvenir?
Y el único presente es nuestra carne
(García Morales, 1997: 83)
Cada poema es lucha y sacrificio a la vez, donde el poeta hurga en las entrañas de su ser, tratando de hallarse a sí mismo, de encontrar su propia identidad: todo aquello que constituye su ente: material y perecedero, y su esencia espiritual. El poeta sufre y se desgarra en cada creación. Cada poema es un triunfo y un fracaso. Triunfo porque es revelación del ser, supuración del dolor, sanación relativa y temporal de la herida, de la enfermedad. Fracaso porque sigue atado a la responsabilidad de buscar una senda para intentar poner al alcance de los otros hombres ese paraíso del cual los dioses nos privaron cuando abandonaron este mundo y nos dejaron en la oscuridad.
Hallar los huesos la piel
De un día más día que los otros
Y un ser vivo torturado
Hablando de felicidad atado a un árbol
(García Morales, 1997: 82)
Cada sacrificio
Es espejo de una súbita identidad
Cada busca de algo o alguien
Es la lucha en la oscuridad con el ángel
(García Morales, 1997: 83)
En esta búsqueda de signos, como bien lo dice Heidegger (1984), el poeta es el más arriesgado de los hombres, ya que debe llegar al fondo del abismo, a lo oscuro con el fin de descubrir allí el rastro de los dioses huidos e intentar devolver la luz al mundo que se encuentra en penumbras, por lo tanto, en penuria; y, a través de la palabra instaurar otra realidad que se halla oculta, y que es la verdadera realidad porque en ella se encuentra la esencia del ser. O bien, debe hacer noche en sí mismo, como lo expone Hanni Ossott (1987), para escuchar las voces del ser, la resonancia de las cosas; y, en una especie de iluminación, desocultar lo oculto. En este proceso, la creación poética deviene un ritual donde el poeta es al mismo tiempo el demiurgo que construye un mundo con el lenguaje, don divino; y una víctima que se entrega y se desgarra, arriesgándolo todo, incluso la vida (Heidegger, 1984), ya que puede llegar a la demencia y al suicidio.
El poeta se hace vidente por un largo, inmenso y razonado desajuste de todos los sentidos: Todas las formas de amor, de sufrimiento, de demencia; busca él, agota en él todos los venenos, para sólo guardar sus quintaesencias. Inefable tortura en la que necesita toda la fe, toda la fuerza sobrehumana, en la que deviene entre todos el gran enfermo, el gran criminal, el gran maldito -¡y el supremo Sabio!- ¡Porque llega a lo desconocido! ¡Dado que cultivó su alma, ya rica, más que nadie! Llega a lo desconocido y cuando, enloquecido, terminaría por perder la inteligencia de sus visiones, ¡las vio!. Que reviente en su salto a través de las cosas inauditas e innombrables: vendrán otros horribles trabajadores; ¡comenzarán por los horizontes donde el otro se ha hundido! (Rimbaud, 1976: 125)
En la poesía venezolana contemporánea tenemos poetas cuya obra va más allá de la búsqueda de la pura forma estética y se vuelca en la expresión de temas ontológicos. Entre ellos encontramos a Luis García Morales, cuya principal fuente de inspiración ha sido el majestuoso Orinoco, río a orillas del cual transcurrió su infancia y parte de su vida, y que en su obra se trasmuta en metáfora de la vida, del tiempo, de lo efímero y de lo permanente, del vértigo y de la inmovilidad, del pasado, del presente, del futuro, del ser. El río cual dios yacente en la inmensidad convierte sus ondas en signos y emite voces que requieren al poeta y le exigen penetrar en su misterio, en su noche, en lo desconocido: “En el agua aparecen los signos de una escritura ilegible” (García Morales, 1992: 54); “Oyendo estas historias del agua / oímos la encarnación de la flor perpetua / y el anuncio de la resurrección” (García Morales, 1992: 63). El mismo García Morales afirma que, en ocasiones, en su cuarto, en el silencio y la soledad de la noche sentía el palpitar del río y su respiración.
El poeta se sitúa a orillas del río, ante su grandeza que despierta en él un temor que no logra entender, reconocer ni descifrar. En esa contemplación de la inmensidad y la majestuosidad del río, el poeta se sale de sí mismo, deja de pertenecerse, se apodera de él el frenesí y se siente solo y extranjero en medio de un mundo al cual ha dejado de percibir como suyo y se voltea hacia los orígenes, lo primigenio. Las imágenes; las voces; las visiones, pretéritas, presentes, futuras se agolpan creando un torbellino en cuyo centro penetra el poeta con el fin de atraparlas, de intentar darles forma, de contenerlas en un lenguaje que resulta, cargado de melancolía y añoranza por algo perdido y que busca expresar todo lo que el ser le va descubriendo y dictando.
Estoy solo a orillas del río
Me visita el terror secreto de la soledad
Hay un fantasma fijo que me habita y me habla
Soy cada vez más extraño a la vida
Soy cada vez más piedra de la herencia
(...)
Estoy solo a orillas del río
Las aves tejen y entretejen el cielo
Las toninas soplan en los flancos de la marea
Y en la vieja luz de mis huesos
Tanta mirada perdida
Tanta música desconsolada
Brotando como flechas de la memoria
Estoy desprovisto de senderos
Llega un caballo conversando de hojas tiernas
Llega un friso troquelado en cuero de tambor
Llega un tigre que canta en lo alto de una mata
Me vuelvo lejos
Como si la historia nos estuviera soñando
Como si el día fuera sin término
(García Morales, 1992: 55)
Pero el poeta no se queda en la mera contemplación desde la orilla del río y hace noche en medio de esa contemplación, sino que habita y es habitado por el río. Penetra en su misterio, en su abismo, en su profundidad, en su nocturnidad; se ahoga en él y en esa especie de muerte escucha las voces del agua que lo transportan hacia una luminosidad que le revela una presencia, que es pasado y presente, y en la cual resucita trasmutado en el propio río.
Habito el agua
Habito su sombra sin días ni años
Sólo el ahogado
En la intimidad de su agonía
Puede escucharla
Sólo el solitario puede oír el murmullo
De la bora creciendo en su única flor
(...)
Me ilumina una canoa íngrima
Que viaja hacia el más allá de la noche
Abro el libro de las imágenes que nunca fueron
Estoy perdido
Un oboe triste me llama desde ayer
Me persigue una flecha sinuosa
Un conejo una tortuga
Me persigue el río que soy.
(García Morales, 1992: 64-65)
En el poema “Ojos la noche”, del poemario De un sol a otro (1997), el poeta deviene un sacerdote que asume un rol protagónico en un ritual, en el cual es al mismo tiempo ejecutante y víctima ofrecida en sacrificio a un dios innombrado y latente que le habla desde una claridad que el poeta persigue. En este ritual de ensimismamiento, introspección, frenesí, desocultamiento y creación, el poeta, tal un Titán, debe ordenar un caos donde flotan informes, evocaciones, vivencias, voces propias y extrañas; y buscar las palabras mágicas que liberarán las revelaciones del ser de su estado amorfo y las transmitirán a los otros hombres a través del poema.
El poeta es sacerdote porque realiza un acto sagrado o mágico con las palabras que deben dar forma a todo un cúmulo de elementos que se han iluminado en el universo del poeta, en su ser, en su noche particular, en lo abierto que ha logrado penetrar; y que, de una u otra manera, lo han tocado profundamente y buscan ser plasmados en la hoja en blanco.
Las páginas que inventa el árbol
En continua mudanza de voces y latidos
En palabras
Que son la corteza y la profundidad
De los días
(García Morales, 1997: 79)
Pero el poeta se desgarra en el intento creador y deviene la víctima de su propia ceremonia genesíaca para poder entregar en holocausto lo que encierra en su propio ser, y reabre esa herida permanente que lo ha marcado para siempre y que nunca terminará de cicatrizar, porque se reaviva en cada creación.
Abro esa herida mi larga herida
Donde se aglomera sin ser vista la sangre
(García Morales, 1997: 79)
En este poema en el cual, sin proponérselo, el poeta expresa su visión muy personal del génesis del poema, la creación lírica es simbolizada por un “animal transparente” que se encuentra en medio de la oscuridad de la noche pugnando desesperadamente por abrirse camino para dar el gran salto hacia “la otra orilla” (Paz, 1965:123), descubrir lo que se esconde en las sombras e iluminar la página en blanco, en una especie de muerte y resurrección, donde las palabras comienzan a fluir tomando consistencia y constituyendo un micro-cosmos ordenado, que viene siendo la expresión de la realidad que el poeta reconstruye, y penetra en un “bosque de símbolos” donde entra en correspondencia con la naturaleza y los demás hombres.
Ojos la noche
El animal transparente
Inmenso
Respirando como un pájaro azorado
En mi mano
(...)
Y vimos el salto del venado blanco
Hacia el bosque
Vulnerando la primera palabra
Y las hojas vertiginosas de mis años
(García Morales, 1997: 79)
Son muchos los elementos personales y universales que inspiran al poeta. Sus diversas y numerosas lecturas le brindan material para hacer florecer la rosa.
Entro en la claridad de la madera
Adelgazada en los libros
Buscando su material floral
(García Morales, 1997: 79)
Sus vivencias, evocaciones pretéritas, su incansable búsqueda del ser, de su esencia. Su angustia existencial por el paso del tiempo que corre indeteniblemente como un río hacia un destino desconocido. Pasado y futuro se funden en un presente en la materia corporal del poeta, quien los libera por medio de la palabra y los convierte en imagen, en metáfora, en verso.
Nos hallamos en un río de horas
¿Sin pasado? ¿Sin porvenir?
Y el único presente es nuestra carne
(García Morales, 1997: 83)
Cada poema es lucha y sacrificio a la vez, donde el poeta hurga en las entrañas de su ser, tratando de hallarse a sí mismo, de encontrar su propia identidad: todo aquello que constituye su ente: material y perecedero, y su esencia espiritual. El poeta sufre y se desgarra en cada creación. Cada poema es un triunfo y un fracaso. Triunfo porque es revelación del ser, supuración del dolor, sanación relativa y temporal de la herida, de la enfermedad. Fracaso porque sigue atado a la responsabilidad de buscar una senda para intentar poner al alcance de los otros hombres ese paraíso del cual los dioses nos privaron cuando abandonaron este mundo y nos dejaron en la oscuridad.
Hallar los huesos la piel
De un día más día que los otros
Y un ser vivo torturado
Hablando de felicidad atado a un árbol
(García Morales, 1997: 82)
Cada sacrificio
Es espejo de una súbita identidad
Cada busca de algo o alguien
Es la lucha en la oscuridad con el ángel
(García Morales, 1997: 83)
En este magnífico pero doloroso ritual mágico de la creación poética, el poeta encuentra su propio ser que se manifiesta a través de voces que le hablan, incluso desde épocas remotas o le anuncian el porvenir. Son voces que le dictan el poema. Estamos ante el vate; el médium que interpreta los anhelos, las angustias, en fin, el ser universal del hombre; el vidente que, según Rimbaud, debe ser el poeta; el gran mago de la palabra que es investido del poder de abolir el tiempo y el espacio, llegando al origen de las cosas, y hablar por todos los hombres, dejando de ser él mismo, y desdoblándose en muchos seres que lo hacen él y otro.
Padezco la duda de oír
Voces más tranquilas en la fuente
El rigor asociado a una sentencia futura
En mí vegetan otras consignas
Tiempos no vividos por mí
Experiencias que ignoro
Pero dan luz a la conversación de los árboles
(...)
Hecha de almas pretéritas
Mi alma no es mi alma
Sino fusión de nombres
Constelación de pétalos disimulados
En el vino de la noche.
(García Morales, 1997: 80)
Es evidente que para García Morales la elaboración del poema es un acto casi sobrenatural, donde el poeta da un salto vertiginoso hacia lo desconocido, buscando descubrir esa otra realidad del mundo y del ser humano que no es visible y traducirla en el poema. Por otra parte, el poeta no es quien escribe el poema, es una fuerza que está dentro de él que produce voces, cuyo origen desconoce, y que le dictan las palabras que constituirán el poema.
Sin embargo, a pesar de ser un vidente, un mago, un sacerdote, un elegido de los dioses, el poeta se debate entre lo que lo hace igual y distinto de los demás; lo que lo une y lo separa de los otros, y no pierde de vista que tiene una dimensión humana que lo limita.
Soy el más vulnerable
Si pienso en los adioses
Si pienso en la estrella
Y el abismo que soy
Atado desde ayer con ligaduras invisibles
A un naufragio
Soy el encadenado a los vuelos secretos
De la paloma y el gavilán
Y la O vigilante del polvo.
(...)
Soy el león desgarrado
En su animal más puro
Mortal
En el cuerpo desnudo de una mujer
Callado
En la fugitiva permanencia
Solo
En la letra tatuada en la piedra de nadie
La tinta hablada del árbol
Dibuja la cacería de mis ángeles
(García Morales, 1992: 72)
REFERENCIAS BIBLIOGRAFÍCAS
García Morales, L. (1992) Poesías. Caracas, Monte Ávila Editores.
García Morales, L. (1997) De un sol a otro. Caracas, Monte Ávila Editores
Latinoamericana.
Heidegger, M. (1998) Caminos de bosque. Madrid, Alianza Editorial.
Ossott, H. (1987) Imágenes, voces y visiones (ensayos sobre el habla poética).
Caracas, Academia Nacional de la Historia.
Ossott, H. (1992) Casa de agua y de sombras. Caracas, Monte Ávila Editores.
Paz, O. (1972) El arco y la lira. México D.F. Fondo de Cultura Económica
Rimbaud, A. (1976) Una temporada en el infierno. Las iluminaciones. Carta del
vidente. Caracas, Monte Ávila Editores.